
Nuestra Espiritualidad
Las Hermanas de Santa María somos una Congregación internacional de mujeres apostólicas religiosas consagradas por votos en la Iglesia. Estamos unidas para vivir nuestra fe en Jesucristo y transmitirla. Haciendo nuestras las palabras de las Escrituras que expresan el espíritu del Padre Minsart, la Madre Clara y nuestras primeras hermanas: "En la sencillez de mi corazón, lleno de alegría, le ofrezco todo a Dios." (I Crónicas 29, 17)
En la Encarnación, Dios nos ofrece todo, y también nos capacita para devolvérselo todo a Dios.
Con María, nos ofrecemos plenamente, confiando en Dios encarnado en nuestro mundo.
Pedimos la gracia de la sencillez de corazón y atención contemplativa que revele la unión profunda de todo lo que existe. La fuente de nuestra alegría es la certeza del amor de Dios hacia nosotras y hacia toda la creación.
En comunidad compartimos un amor siempre dispuesto a perdonar, consciente de la necesidad de la conversión continua, confiando en el poder del Espíritu Santo que transforma nuestros corazones. Nuestro amor para los demás capacita nuestras comunidades a tener apertura, y de ofrecer verdadera hospitalidad. Deseamos que la sencillez distinga todos los aspectos de nuestra vida.
Mantenemos una armonía creativa entre la comunidad y soledad; entre la acción y la contemplación.
En medio de tiempos difíciles, de caminos inciertos, se nos llama en colaboración con los demás, para anunciar y ser un signo de la Buena Nueva del Reino de justicia, amor y paz. Porque deseamos dar a conocer a Jesús, intentamos alcanzar a toda gente, naciones y culturas. De la misma manera que nuestras primeras hermanas tuvieron preferencia hacia las personas más perjudicadas, también nosotras damos prioridad al servicio para los pobres, comprometiéndonos en particular trabajar con la mujer y los jóvenes.
Nuestra mirada esta fija en Jesús, con esperanza firme en el amor salvífico de Dios, y buscamos discernir la voluntad de Dios a la luz del Espíritu Santo.
Unidas con las alegrías y las tristezas de la familia humana, ofrecemos todo a Dios en acción de gracias, petición y adoración, al mismo compás en que la Iglesia ora y esta atenta a la Palabra de Dios. Venimos a la Eucaristía, encomendándonos junto con nuestro mundo, al gran poder transformador del Espíritu, para así convertirnos más plenamente en el Cuerpo de Cristo, para la gloria de Dios.
Asamblea General 2000 –Vankleek Hill- 24 de enero, 2000
